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EL CLAN TEODORO-PALACIOS

SEGUNDA PARTE

EL CLAN TEODORO-PALACIOS

TERCERA PARTE

jueves, 7 de diciembre de 2017

EL CLAN TEODORO-PALACIOS Capítulo 136

         

CAPÍTULO 136

TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA


Helena se agachó, al lado de la butaca de Patricia, y observó minuciosamente el mismo techo que la muchacha contemplaba sin ver nada en realidad.
            Hace mucho rato que está mirando el techo sin dirigirnos la palabra comentó Bibiana. He intentado hablar con ella pero no hay manera. Me da la impresión de que no me escucha.
            Su madre ha estado aquí también comentó Natalia, pero se ha marchado enseguida. Dice que Paddy se ha trastornado y que ella no tiene tiempo para cuidarla. ¡Esa mujer es una cerda!
                 Lo que sucede es que esa mujer no debe saber lo divertido y distraído que puede ser mirar un techo sin hacer absolutamente nada más respondió Helena sin querer dar relevancia a la actitud de una madre que demostraba sentir muy poco afecto por su hija. Por otra parte, estas paredes están pintadas de un color amarillo demasiado pálido. Es mejor mirar el techo. O mejor aún pedir botes de pintura y brochas, y cambiar el color de estas paredes.

Natalia y Bibiana miraron a Helena, desconcertadas. Pero las palabras de Helena consiguieron su objetivo… Patricia dejó de mirar al techo y la miró a ella.
            ¿De qué color te gustaría pintar las paredes, Paddy? le preguntó Helena.
Patricia no contestó pero la miró más fijamente.
            Es la madre de Nico, Paddy dijo Bibiana. Es Helena Palacios.
            ¿Helena Palacios? repitió la muchacha interrogando.
            ¡Por fin ha hablado! ¡No está muda! exclamó Natalia, contenta La conociste en el instituto. ¿Te acuerdas de Mikaela Melero? ¡Era ella! ¡Estaba disfrazada! explicó a su amiga.
            ¿Por qué? ¿Por qué te disfrazaste? preguntó Patricia.

Helena no esperaba esa pregunta pero supo que no podía enmudecer ahora; Patricia solo estaba sujeta a ella por un fino hilo, tan frágil que podía romperse al menor descuido.
            No quería que alguien me reconociera, y quería ver a Nico.
            Solo te podía reconocer Blas replicó Patricia. Tú le dejaste y le tienes miedo. ¿También te violó?

Natalia y Bibiana miraron, sobrecogidas, a Helena. No podían creer que Blas hubiera hecho algo así. A Helena volvió a sorprenderla una pregunta que no esperaba, y sintió como un calor llegaba a sus mejillas. Sin duda, debía haberse sonrojado, algo que le molestaba sobremanera pero que era inevitable en ocasiones semejantes a aquella.
            ¿También te montó como si fueras un caballo y saltó encima de ti una y otra vez, una y otra vez? insistió Patricia mostrando su profunda herida y su enorme resentimiento Todos los hombres son iguales, ¿verdad?

Helena negó con un movimiento de cabeza.
            No, todos los hombres no son iguales… y las mujeres tampoco. Eso es un tópico, algo que se suele decir y repetir bastante, lo que no quiere decir que sea cierto declaró. Blas nunca me hizo eso.
            ¿Cómo fue, qué te hizo?
            No creo que sea importante lo que ocurrió entre Blas y yo. Lo importante es que me digas los nombres de los salvajes que te raptaron y te violentaron. Deben ser castigados por lo que te hicieron, y sobre todo está en tus manos evitar que se lo hagan a otras niñas. Dime sus nombres.

Helena se precipitó, y el fino hilo que la unía a la muchacha se rompió. Patricia volvió a mirar el techo.
            Está bien, te contaré como sucedió entre Blas y yo. Nunca se lo he contado a nadie —Helena se levantóEra necesario volver a recuperar el hilo. Paseó por la habitación y sin mirar a nadie dijo:
            Ocurrió en la playa, una noche de tormenta. Estábamos solos. Blas y yo nos adentramos en el agua… y fuimos eso, dos gotas de agua que se unieron en el mar. No sé explicarlo de otro modo, ocurrió así.

Patricia volvió a mirarla, y comentó:
            Parece poesía.
            Es que fue poesía confirmó Helena. La poesía más dulce y bella que puedas imaginar.
            Entonces, ¿por qué lo dejaste?


Natalia y Bibiana aguardaban la respuesta de Helena, tan ansiosas y curiosas, como Patricia.
            Solo puedo decirte que dejé a Blas queriéndolo mucho, y eso no es fácil respondió Helena. Quiero decir que es sencillo dejar a alguien cuando no lo quieres, pero queriendo es muy difícil. Yo elegí un camino, equivocado o no da igual, porque todos los caminos conducen a Roma y en la palabra Roma se encuentra la palabra amor. Solo tienes que leerla al revés. Y si tu próxima pregunta va a ser si lo sigo queriendo ya te digo que eso no lo diré jamás. Por mucho que vuelvas a mirar al techo no contestaré a esa pregunta.
Quiero ayudarte, Paddy, y te ayudaré de un modo u otro. ¿Empezamos a pintar estas tristes paredes?
            ¡Mi madre es una PUTA! gritó Patricia fuera de sí. Su mirada exaltada daba miedo. Sus pupilas se habían dilatado tanto que parecían dos granos de uva negra pugnando por desprenderse del globo ocular Es normal que los hombres me hayan tratado como a ella.
            No, no es normal rechazó Helena de inmediato. Nadie tiene derecho a forzar a nadie, ni siquiera a tu madre por muy prostituta que sea. Los hombres que te han hecho tanto daño son personas sin escrúpulos y sin conciencia. Y las personas sin conciencia no son personas, cualquier animal es mejor que una persona sin conciencia.

Patricia regresó su desorientada mirada al techo.
            Empecemos a pintar las paredes determinó Helena.

                                                                                         ∎∎∎

Blas, en la cafetería, dio un violento manotazo en la mesa tras perder la serenidad después de un largo rato de luchar por contenerse y moderarse.
Su arrebato sobresaltó a Elisa, sentada junto a él, y llamó la inmediata atención de los señores Arturo Corona, Jaime Palacios, y de la señora Sales.
            ¡Quiero saber dónde está Helena! exigió con furia.
            ¡Blas, por el amor de Dios! exclamó Emilia Sales, nerviosa.

Jaime Palacios se puso de pie.
            Repórtese, señor Teodoro le dijo con acentuada seriedad. Helena ha ido a su habitación a descansar. No se irá del hospital estando Nicolás en tan grave estado.
De todos modos, no creo deberle ningún tipo de explicación. Repórtese.

Jaime Palacios volvió a sentarse.
            Si supiera que es tu hijo no sé de qué manera podríamos frenarlo comentó en voz baja al dictador de Kavana.
                                                                                      ∎∎∎


A pesar de que la habitación estaba patas arriba, con cama y demás mobiliario en el centro, hecha un auténtico desastre; Matilde no se sorprendió demasiado puesto que conocía hasta donde podían llegar las extravagancias de su amiga.
El soldado sí que se sorprendió cuando Helena le pidió que trajera brochas y botes de pintura de colores azul, verde, naranja y rosa. Pero siguiendo instrucciones de Jaime Palacios acató el deseo de Helena sin hacer ningún tipo de comentario, como si la petición de aquella mujer de cabello y ojos negros fuese de lo más lógica y normal.
Y allí estaban, Helena y las niñas haciendo trazos y dibujos sin sentido en las paredes.
Matilde se aproximó a Helena.
            Ha llegado el momento de que veas a Nico le susurró. Tú entrarás primero, luego Blas.

Helena dejó de pintar en el acto si a lo que estaba haciendo se le podía denominar “pintar”.
            ¿Has hablado con Berta? preguntó.
Matilde asintió con gesto grave.
            Lucas tenía un pie abrasado y estaba completamente drogado le explicó. Berta ya ha ordenado la detención de Alfredo Soriano. También va a detener a la madre, se llama Ofelia.
            Hablaré con ella, y con él —resolvió Helena. Paddy no me está dando los nombres de Álvaro Artiach e Ismael Cuesta. Tal vez, Alfredo Soriano, sí me los dé. Y creo que Ofelia me contará por qué Lucas, en semejantes condiciones, fue al instituto y quiso matar a mi hijo.
                                                                                          ∎∎∎


En un pasillo aséptico del hospital se produjo el reencuentro entre Blas y Helena, pero la asepsia no fue protagonista de ese volverse a ver. Sentimientos, nervios y emociones inundaron el frío pasillo.
Blas, Elisa, y un soldado esperaban junto a una de las puertas.
Helena procuraba caminar con calma, sentía la mirada de Blas clavada en su rostro ya arrebolado.
Era difícil, muy complicado, andar con piernas temblorosas pero no se podía permitir el desliz de dar un traspié. Hacer el ridículo delante de Blas, mostrarle su nerviosismo, ya se había convertido en un lujo que no estaba dispuesta a consentirse.
Intentó recordar que no iba sola, Matilde caminaba a su lado. Intentó encontrar agarraderos mentales, servirse de ellos para atrapar una seguridad muy escurridiza cuando Blas estaba cerca. Elisa fue su mejor asidero, estaba allí y también escudriñaba cada uno de sus movimientos. Su seguridad aumentó.
Miró al soldado, a Elisa, evitó una mirada… Matilde a su lado. Debía tranquilizarse. Blas y ella no iban a estar a solas.
Logró, sin entender como lo consiguió, terminar el recorrido del pasillo sin dar ningún traspié a pesar de sus piernas temblorosas.
            Creo del todo absurdo que entremos por separado dijo Blas haciendo gala de un gran aplomo pese a que sus piernas también temblaban. Deberíamos entrar juntos.

Helena no contestó, se limitó a permanecer callada mirando la puerta cerrada que la separaba de su hijo.
            Eso no es lo que ha estipulado su excelencia —objetó el soldado. Entrarán por separado y tienen cinco minutos cada uno.
            ¿Qué dices tú, Helena? indagó Blas ignorando al soldado.
            Blas, su excelencia ha ordenado que entréis por separado intervino Elisay deberías entrar tú primero. Tienes más derecho que ella.

Y las palabras de Elisa fueron la chispa que incendió a Helena.
            ¿Puedo saber dónde está mi padre? preguntó, alterada.
            Querrás decir “tu tío” la corrigió Matilde temiendo lo peor. Estás muy nerviosa y no sabes lo que dices.
            Vamos a asistir a una escena grotesca, es lo que mejor sabe hacer Helena volvió a atacar Elisa.

Y Helena decidió, sin pensar en consecuencias, no rectificar lo dicho. Ya nada podía apagar su incendio.
            ¡Basta de farsas! exclamó lanzando una mirada con furia salvaje a Elisa Todos sabemos que Jaime Palacios es mi padre y que Arturo Corona es el padre de Blas, y el asesino de mi madre.

La temperatura subió en el pasillo; las llamas de un fuego invisible les acorraló y todos quedaron a merced de un humo que, aunque también invisible, podía asfixiarles.

Págs. 1097-1105



Próxima publicación... un jueves de enero
Hoy dejo una canción de Bronco... "Quiéreme como te quiero" 



   




Queridos lectores de El Clan Teodoro-Palacios, es un placer volver a retomar esta historia... y estar de nuevo con vosotros
Sé que el parón ha sido largo... A veces es necesario descansar un poco para continuar el camino, y eso es lo que he hecho
Pero lo importante es que hoy seguimos rumbo hacia el final de la tercera parte de esta novela
Mela
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This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. Creative Commons License
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